Reflexión del día viernes 24 de abril

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Jn 6, 52-59

Los judíos discutían entre sí, diciendo: « ¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»
Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.

Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.»

Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.

Palabra del Señor


Reflexión del Padre Rodrigo Aguilar

Escucha la reflexión en YouTube haciendo clic aquí o puedes leerla a continuación...

El camino de esta semana va llegando al final, por lo menos al final del capítulo seis de Juan, en el discurso del Pan de Vida, en el que mañana verás cómo termina. Por ahora venía todo muy lindo, todo tranquilo. Jesús atraía con sus palabras presentándose como el alimento del mundo, para que el mundo tenga vida. A partir de ahora vamos a ver cómo reaccionan los que lo siguen al escuchar que tienen que alimentarse de su Cuerpo y de su Sangre.

Finalmente, los discípulos de Emaús –¿te acordás del domingo? – transitaban un camino y terminaban reconociéndolo al partir el pan, lo reconocieron cuando revivieron ese momento maravilloso en el que Jesús decidió quedarse con nosotros para siempre en la Eucaristía. Todo un misterio. Así, de la misma manera que hoy quiere que en el camino de nuestra vida no solo lo reconozcamos cuando estamos andando por la vida en nuestras cosas, sino también cuando decidimos estar con él en la misa, en la Eucaristía.

Alguna vez conté lo que me decía un recién convertido, que me decía: «¿Qué hago acá, padre? ¿Qué hago viniendo a misa, no sé qué hago acá?». Te dejaste atraer y viniste, hubiese sido una buena respuesta para darle. Es un misterio, sabemos algo, pero no todo. Y eso es lo lindo de la vida de fe, una buena respuesta para darle, y eso es lo lindo del camino de la fe, una libertad que es atraída por Dios.
Algo así lo decía el profeta Jeremías: «¡Tú me has seducido, Señor, ¡y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido!». Somos de alguna manera protagonistas de nuestra vida, pero no somos los actores principales, aunque a veces nos la creamos, nos olvidemos de esta verdad esencial. Si nos hemos acercado a Jesús es porque Dios Padre nos atrajo de alguna manera, nos animó, nos sedujo y porque, al mismo tiempo, nos hemos dejado seducir. Nadie es seducido si no se deja seducir, de alguna manera, y nadie se deja seducir si no hay alguien que lo seduce. Hay que dar gracias y alegrarse con esta verdad.

Como la historia de Facundo, ese joven que una vez lo trajo Daniel –un amigo– a la Parroquia maravillado de que en esa misma mañana reuniendo unas bolsas por la calle de basura, creo yo, encontró una Biblia. En ese signo tan elocuente, Facundo descubrió que Jesús, de alguna manera, lo llamaba. Y Daniel le decía: «¿Ves? Facu, esa es la herramienta que Dios te da para que lo conozcas: la Palabra de Dios. Léela, no hay otro camino, tenés que encontrarlo leyendo la Palabra de Dios». Bueno, Dios lo sedujo de alguna manera y Facundo se está dejando seducir, como se dejó seducir Daniel después de haber tocado fondo. Cada uno tiene que encontrar esos signos en los cuales se siente atraído por Dios.

La clave, o la mayor dificultad, entonces es dejarse seducir, dejarse atraer por él, no poner trabas, no poner peros, no poner siempre excusas, no pretender que él sea como nosotros queremos, dejar que Dios sea Dios a su manera y nosotros aceptar que somos simples creaturas, que perdemos el rumbo fácilmente y que lo mejor que podemos hacer, es escuchar y estar atentos. Ayer no habíamos dicho nada, pero hoy ya es inevitable. Jesús lleva el discurso a un extremo, y no porque sea un extremista, sino porque su amor es tan grande, tan extremo que desarticula todo lo pensable, lo razonable por nosotros. Veníamos escuchando que Jesús decía que él es el Pan de Vida y el Agua que viene a calmar la sed de nuestras vidas, que él es la respuesta a todos nuestros vacíos. Bueno, al final lo que parecía simbólico en su discurso, una especie de metáfora o de comparación, se vuelve realidad: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día». Ya no es una forma de decir, una especie de imagen linda para admirarse. No, es mucho más que eso. Es la locura de las locuras. Jesús quiso quedarse realmente con su Cuerpo y su Sangre. Hay que creer para poder aceptarlo. Jesús es Pan, o sea, Jesús es el alimento del hombre hambriento de amor.

Jesús es Pan cuando nos habla en la Palabra escrita; Jesús es alimento cuando lo escuchamos en la oración y disfrutamos de ese diálogo; Jesús sacia nuestro hambre cuando amamos a los otros hasta que duela; Jesús es verdadera comida del alma si tenemos los ojos del corazón abiertos a ver más allá de lo que vemos. Pero en donde Jesús es más alimento que nunca, en donde se cumple realmente estas palabras es en la comunión de la Iglesia, es en la Eucaristía, es en la misa en donde eligió quedarse plenamente para siempre.

¡Ay, si los católicos creyéramos realmente en esto! ¿No crees que nos desesperaríamos por ir a recibirlo, por alimentarnos de él? ¡Ay, si los sacerdotes creyéramos que tenemos a Jesús en las manos! ¿No crees que moriríamos de la emoción? ¡Ay Señor, si creyéramos en tus palabras y que realmente estás presente en cada Eucaristía, qué distinto sería todo! Señor, que creamos, Señor, danos siempre tu Cuerpo y tu Sangre, para que tu amor se haga realidad en nuestras vidas.

Mientras tanto… mientras no descubramos y nos abramos a esta verdad, vamos por el camino de la vida alimentándonos de Jesús, pero desaprovechando mucho, no descubriendo todo, porque si tuviéramos fe, una sola comunión bastaría para colmarnos eternamente. Mientras tanto… miles y miles de católicos, incluso nosotros, los sacerdotes, que decimos creer en Jesús pero que también nos alimentamos de otras cosas, nos podemos llenar la panza con otras cosas y después se nos va el hambre de Jesús. Algo así como que antes de ir a un casamiento me agarre hambre y me coma una hamburguesa por el camino, y después, al llegar, me pierda lo mejor de lo mejor. Algo así como entrar en un restaurant de «tenedor libre», donde podemos comer cualquier cosa, y en vez de comer los mejores manjares que hay, terminemos comiendo comida chatarra y al terminar decir: «Bueno, pero no me hizo tan mal», «Bueno, pero esto también suma». ¿Escuchaste alguna vez eso? Y así, hay miles de corazones que se pierden de Jesús, o lo buscan a su manera, alimentándose de «cosas» baratas y perdiéndose del mejor alimento, del mejor plato. Lo que nos perdemos cuando pensamos así. No es que nos hace mal comer otras cosas, aunque muchas veces sí, sino más bien es lo que nos perdemos. ¡Lo que nos perdemos! Los que te perdés, estará pensando Jesús. El que pueda entender que entienda.

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.